Cuando tenía dieciséis años, fui a misa con mi familia todos los días por unos dos meses. Era la misma pauta; rezar, encender una vela y sentarnos en silencio hasta que era la hora de irnos a casa. Lo que incitó esta rutina religiosa fue el fallecimiento de mi madre a causa de un tumor canceroso que pasó del estómago al colon, quitándole brutalmente su bienestar físico y emocional durante dos años.

Era difícil ver a la mujer que me crió, la mujer que tenía rizos largos y rubios y una sonrisa que transmitía seguridad, transformarse en una mujer que se sentía demasiado avergonzada como para siquiera salir de casa. Aprendí a sujetar su pelo mientras vomitaba después de cada comida a causa de la quimio, y veía, a medida que adelgazaba, cómo sus huesos sobresalían violentamente por su piel. Pero nunca supe por qué estaba pasando o cómo debía de llevarlo. Nadie hablaba del tema. En su lugar, íbamos a la iglesia a rezar, encender una vela y sentarnos en silencio.

Al ser de una familia filipina muy tradicional, no era anormal rezar por la pérdida de miembros de la familia. Pero yo me sentía anormal. Yo sentía que en cualquier momento estallaría en lágrimas y caería profundamente en mi propio autodesprecio y pensamientos negativos y nunca superarlo. Se esperaba de mí una sonrisa para mi hermano menor y, como hermana mayor, o una Ate, de que todo iría bien.

Después del fallecimiento de mi madre, mi hermano y yo pasamos a llevar su pérdida de diferentes maneras. Yo me distraía y usaba Google como terapeuta y médico. Mis preguntas más frecuentes eran “¿Cómo se contrae el cáncer?” y “¿Qué es el cáncer de colon?” y “¿Cómo se lleva la pérdida de un padre o una madre por cáncer?” Nadie hablaba de mi madre o de lo que pasó. Me parecía que estaba llorando la pérdida de un ser humano imaginado.

Al contrario que yo, que me estaba sumiendo en una silenciosa y rápida depresión, mi hermano era agresivamente abierto acerca de su tristeza. Al comenzar mi tercer año de universidad, mi hermano intentó suicidarse dos veces. La primera vez se tragó dos frascos de píldoras. La segunda vez amenazó con tirarse del edificio de la cafetería de nuestra escuela. “Siempre hay alguien que está sufriendo más en otro lugar. Sé feliz con lo que tienes”, era la respuesta de familia y amigos que miraban su situación desde fuera.

No fue hasta el último intento de suicidio de mi hermano cuando me dí cuenta de que yo, también, estoy deprimida. Solo que yo lo llevaba de otra manera. Me quedé en la cama sin sentir nada. Estaba insensible a todo lo que antes hacía que la adrenalina o las emociones fluyeran por mi cuerpo.

El último año de universidad llegó con temor. Mis calificaciones habían caído, y no encontraba la motivación para hacer las cosas que antes hacían sentirme digna y segura. Intenté volver a conectar con amigos, pero solo conseguía más autodesprecio y aislamiento. Al principio ignorar mi tristeza y apartarme de ella me dio resultado, un mecanismo de defensa natural que yo mantenía para “superar” los peores momentos, pero sin embargo resultó ser la fuente de mi malestar. Me dijeron que si no mejoraba mis calificaciones, no me graduaría. De una cosa estaba segura durante mi depresión y era de que quería volver a ser independiente. Busqué una terapeuta de la universidad y trabajé con ella para salir de la depresión. Con solo decirlo en voz alta y tener a quien entendía mi situación, validaba que era normal que me sintiera deprimida. La terapia me ayudó más que cualquier respuesta de Google. Con esa ayuda, lentamente recobré la motivación para mejorar mis calificaciones para poder graduarme.

La depresión no es una enfermedad que se pueda curar; es algo de lo que hay que ocuparse todos los días. Lo que es distinto hoy a hace un año es que tengo salidas para hablar de la depresión y procesarla. Afortunadamente, ahora puedo con ella y soy consciente de ella, en vez de no prestarle atención.