A mí y a mis padres nos gusta contar cuentos. Rememorar malos viejos tiempos es un pasatiempo que tenemos para acordarnos de cuánto hemos logrado. Como a muchos estudiantes, aquellos malos viejos tiempos a menudo interrumpían mis estudios. Aunque mantenía mis buenas calificaciones, estaba perdida emocionalmente. Me parecía que llevaba dos mochilas – una con mis cuadernos y la otra llena de ira.

Los problemas provenían de mis parientes lejanos. No les gustaba mi mamá. La insultaban y decían que causaba problemas. Así empezó y no es nada en comparación con lo que harían más tarde. Levanté un muro a mi alrededor para sobrellevar el estrés, pero mientras tanto, la ira se notaba. Era como si un día la inhalé.

En el otoño de este año, las escuelas de Oakland y San Francisco están preparando lanzar un programa piloto de tres años que proporcionará a los profesores capacitación sobre cómo reconocer los signos de angustia emocional en los estudiantes y qué hacer. Los datos nos muestran que dos de cada cinco estudiantes de California con trastornos emocionales dejan la escuela secundaria antes de graduarse.

El plan parece razonable, pero mi propia experiencia me enseñó dos cosas: No podía buscar en mi familia buenos modelos a seguir, y los adultos significaban problemas.

La verdad es que para muchos jóvenes que sufren traumas emocionales, los adultos son a menudo lo último adonde acuden en busca de consuelo, especialmente cuando son los adultos quienes son la fuente del trauma. La mayoría recurre a amigos y compañeros de la escuela. Y muchas veces no saben cómo responder.

Las veces que intenté expresar mis sentimientos a mis amigos, me escuchaban como si yo estuviera en una película – compasivos pero desconectados. Me avergonzaba de algunas historias que compartía y mis amigos me miraban extrañados cuando las contaba. Sus miradas me decían que estaba sola en mi dolor.

Empecé a descargar mi furia con la gente que no se lo merecía. Perder los nervios era como una válvula de escape y me sentía bien desahogándome. Con los profesores, aprovechaba cada oportunidad para discutir con ellos. Gritaba si ellos gritaban, me daban notas de castigo y yo las tiraba. No los respetaba y no sentía que merecieran mi respeto solo por ser profesores. Yo exigía mi respecto y esperaba que ellos se ganaran el suyo.

Al echar la vista atrás, es un milagro que consiguiera las calificaciones que saqué. Sacaba solo calificaciones de A y B. Pero como no me llevaba bien con los profesores, nunca hacía preguntas en clase. Nunca pedía ayuda y nunca me comunicaba con ellos a menos que estuviera siendo impertinente. No sabía cómo confiar en ellos. Hice todo yo sin ayuda y estudié mucho para evitar pedirles ayuda.

Algunos profesores eran estupendos, pero la escuela era un negocio para mí. Si me gustaba cómo enseñabas, te pagaba con mi atención. Una vez que sonaba la campana, se nos acababa el contrato. Dejé la escuela secundaria sin tener nunca un mentor o profesor con quien siquiera pudiera hablar. No formé relaciones sanas.

Las cosas podrían haber sido diferentes si mis amigos hubieran recibido algo de la misma capacitación que pronto recibirán los profesores. En lugar de distanciarse porque no podían entender lo que vivía, podían haber intentado ayudarme a sentirme parte de la comunidad estudiantil en lugar de sola y aislada de ella.

Tal como estaba, el aislamiento nutría la ira hasta tal punto que empezaba a perjudicar mi propia seguridad. No se me olvida el día que las cosas dieron un giro para mí.

Estaba de viaje acampando con mi familia, y nunca olvidaré cómo me sentía. Hervía por dentro y no sabía por qué. Vi a mis primos probando las aguas del río que había cerca, y se me ocurrió que si nadaba en el río pensarían que estaba bien. Resultó que la corriente era muy fuerte para mí. Mi prima tuvo que tirarse al agua para llevarme a la orilla. Estaba tan agotada que me acuerdo que no podía ni siquiera agarrar su mano.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que la ira me estaba haciendo. Conseguí ayuda inmediatamente. Mis padres me ayudaron a encontrar una terapeuta que nunca me hizo sentirme patética ni me menospreciaba. Ella hablaba conmigo en vez de dedicarse a hablar. Me fortalecía diciéndome que no era malo que me sintiera lastimada y que mis sentimientos no eran tonterías. La terapia me ayudó a entender mi ira.

Conseguí ayuda porque no lo podía hacer sola. Expresé todo y estoy asombrada de cómo esos muros cayeron. Esa chica dura es solo una historia ahora, una que a mi familia y a mí nos gusta compartir de vez en cuando, un recordatorio de lo que he logrado.